“Otro año escolar (¿ganado o perdido?)” – Columna en Revista Paula


 

Por Tomás Recart / Fotografía: Lorenzo Moscia, publicado en Revista Paula

 

La OECD dice que el 52% de los niños en Chile sale del colegio sin tener las competencias mínimas para realizar un trabajo. Es fundamental entender mejor la magnitud de este problema porque en la sala de clases de nuestro país se está fraguando el futuro de Chile, y estos indicadores son solo la punta del iceberg. Lo más grave está por venir y es hora de hacernos cargo.

 

 

Al iniciar el año 2011, Camila (voy a usar otro nombre por privacidad), llegó a hacer clases de física a un muy buen colegio rural del sur de Chile. Camila, recién egresada de Física de la Pontificia Universidad Católica andaba en busca de un espacio que le permitiera contribuir al desarrollo de un Chile más justo, y decidió hacerlo desde una sala de clases. Postuló a un programa para profesionales de distintas carreras que quieren hacer clases en contextos de vulnerabilidad por dos años, y fue parte del 7% seleccionado en ese año. Además, tuvo la suerte de ser asignada a un establecimiento liderado por un excelente director. Todo parecía dado para que Camila se sintiera realizada.

 

Como director ejecutivo del programa al que ella postuló, en mayo de ese mismo año tuve la oportunidad de visitar ese colegio. Al verla supe inmediatamente que algo andaba mal. Al verme, el director del colegio me citó a su oficina junto a Camila y a nuestro equipo regional. Al cerrar la puerta lo primero que me mostró fue el libro de clases. Era una página entera de color rojo, parecía la escena de un crimen ¡Camila le había puesto solo rojos a todos sus alumnos en los primeros tres meses del año!

 

Como profesional estaba muy frustrada. Había trabajado más que nunca en su vida, haciendo clases con un despliegue de contenido impresionante: videos, juegos, experimentos. No entendía qué había pasado. Había sido rigurosa con el currículum nacional y con medir los avances de sus estudiantes, pero no estaba dispuesta a regalar notas. Los rojos eran un reflejo real de la situación. El director estaba desesperado porque nunca le había pasado algo así.

 

Hoy, gracias a algunos instrumentos o pruebas más sofisticadas, podemos ver la parte del iceberg que está sobre el agua. En promedio, al menos en matemática y lenguaje, nuestros estudiantes están 2,2 años atrasados con respecto al currículum nacional, pero lo peor de todo es que hay estudiantes hasta con 6 años de retraso.

 

Esta situación se explica por diversos factores. No es mi intención simplificar un fenómeno complejo, pero creo que los más determinantes tienen que ver con la poca flexibilidad de nuestro currículum y con el hecho de que el marco legal no permite que repruebe más del 10% de los estudiantes. Esto implica que, en muchos casos, no sea posible hacerse cargo ni transparentar el real estado de avance de los estudiantes. Así, la brecha y la carga para nuestros niños y profesores se hace cada vez más difícil de llevar.

 

La parte que no vemos de este iceberg es que la gran mayoría de los profesores no sabe cuántos años de retraso tienen sus estudiantes por no tener acceso a estos instrumentos. A lo anterior se suma la cultura existente del “debemos pasar el currículum” y a la estandarización del proceso de enseñanza para niños que aprenden de distintas maneras. Esto solo aumenta la frustración de los estudiantes.

 

Muchas veces se trata a los alumnos como vasos vacíos, que no tienen nada que aportar. Es el profesor, que por medio de un monólogo de 45 minutos transmite el conocimiento necesario que el niño necesita para la vida (en esa etapa, según el currículum). Cuando me paseo por una clase y les preguntó a los estudiantes “¿Comó te ayudará esta clase en tu futuro?”, el 99,9% de las veces recibo como respuestas gestos que denotan un “ni idea”.

 

Pero eso no es todo. Para aprender, los estudiantes necesitan sentirse seguros y parte de una comunidad. Necesitan afecto, respeto, sentirse amados y valorados. Ante esta situación, muchas veces nos hemos encontrado con comunidades escolares que “tiraron la toalla”. Han dejado de creer, y uno entiende por qué.

 

Pero se puede. Camila entendió que lo importante no era su búsqueda. Eran las búsquedas de los estudiantes, y que el centro de todo deben ser ellos. Entendió que la primera que tenía que aprender era ella, no sus estudiantes, entendiendo dónde estaba cada uno de ellos, para desde ese lugar, probar distintas maneras de enseñanza, hasta demostrarles que podían aprender.

 

El trabajo de Camila fue más allá de la sala de clases. Les abrió el horizonte de posibilidades, los llevó a que vieran distintas “alternativas de futuro” y les enseñó los caminos que hay que recorrer para llegar a ellas.

 

Siguieron habiendo rojos en el libro de clases, pero cada vez menos. Y, además de los azules, empezaron a aparecer sonrisas en la sala. Subió la asistencia. Ella se cansaba menos.

 

La historia no termina como en las películas. Algunos lograron acceder a más oportunidades; otros no. Camila no se quedó ahí, después de los 2 años de programa decidió hacer un doctorado para entender cómo los niños aprenden, porque no quiere llegar solo a 35 estudiantes, sino a los miles que tienen una carreta muy pesada que llevar todo el año y que perdieron la esperanza.

 

En este inicio de año, es bueno entender, más allá de algunos datos, el tamaño del desafío que viven miles de estudiantes y profesores en nuestro país. ¿Se imaginan estar así durante los 13 años de colegiatura? Bueno, eso es lo que viven más de la mitad de los jóvenes de nuestro país. Ellos son parte fundamental del Chile del futuro. Cada año que pasamos sin resolver esto, no es solo un año perdido, es futuro que dejamos ir.

 

Por Tomás Recart, publicado en Revista Paula

 

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